lunes, 24 de marzo de 2025

"Tras los pasos de papá", de Diego Covarrubias





Cuento Ganador del Premio Sasil 2025

Tras los pasos de papá

A pesar de ser chilango de nacimiento, papá nos pidió que al morir lo enterráramos en Cancún, a donde había llegado en 2005 proveniente de la Ciudad de México, tres meses antes de que los vientos del poderoso huracán Wilma azotaran durante cuatro días los frágiles vidrios de su departamento, ubicado en el edificio de La Troje en la avenida Acanceh. Cuando finalmente, y después de una lenta agonía papá murió, no nos quedó otra alternativa que cumplir su deseo, a pesar de que algunos familiares reclamaban que lo enterráramos en su pueblo natal, donde estaban enterrados sus hermanos y sus padres, sus abuelos y bisabuelos.

          Solemos imaginar los entierros como ceremonias solemnes en cementerios sombríos, rodeados de tumbas enmohecidas por la fría humedad y con pesadas lápidas de piedra y epitafios laudando las virtudes de los fallecidos, a la sombra de lánguidos cipreses y bajo cielos encapotados y tristes. Los entierros en Cancún son diferentes; se realizan entre palmeras de abundantes follajes y bajo cielos azules, despoblados de nubes y con ruidosas parvadas de pericos, que, como ráfagas verdes, rasgan el horizonte.

          Cuando los sepultureros terminaron de bajar el ataúd de papá en la tumba tropical donde yacería por siempre y para siempre, sudaban profusamente, castigados por los inclementes rayos solares. Yo fui el primero en escuchar el sonido de los golpes. Al principio pensé que eran picotazos de algún pájaro carpintero buscando escarabajos en la corteza de las ceibas. Pero no, el ruido provenía de adentro del ataúd de mi padre. Le pedí a los sepultureros que dejaran de echarle tierra encima y que lo abrieran. Dentro de él, mi papá, con sus sesenta y pocos años a cuestas, y vistiendo el uniforme de su equipo de futbol llanero con el que había pedido que lo enterráramos, recibió el aire caluroso y húmedo de la mañana con una amplia sonrisa.  Se sacudió la tierra que había caído en su rostro y abrió los ojos. Es fácil imaginar la conmoción que este hecho causó entre los asistentes al entierro: mamá se echó a llorar con un llanto que tenía algo de histérico y mucho de jubiloso y, húmeda de lágrimas, alcancé a escuchar varias veces la palabra "milagro" que salía de su boca mezclada con invocaciones divinas. Mi tía Jacinta, menos devota que mi madre, pero más dramática, y que había viajado desde la ciudad de México para acompañar a su hermano a su última morada, se desmayó como si fuera un lirio acuático, y el párroco que oficiaba las exequias a cambio de una generosa dádiva, se hincó, persignándose repetidas veces sobre su pecho y frente.

          Apenado, papá se disculpó por el alboroto que estaba causando, y con voz apacible, pero firme, anunció que no podía morirse hasta no resolver un asunto que tenía pendiente. Aclaró que no sabía bien a bien de qué asunto se trataba, por lo que tendría que desandar sus pasos hasta encontrarlo, y que solo después de resolverlo, podía morirse. Volvió a pedir perdón por las inconveniencias que eso causaba, pero señaló que para él era muy importante descansar en santa paz, en el cielo, rodeado de ángeles celestiales, como todo buen cristiano, sin dejar asuntos pendientes.

          Ya puesto en pie, abrazó a mi mamá, y exigiendo mi brazo como punto de apoyo, nos preguntó si queríamos acompañarlo a desandar su vida. Le dijimos que sí, que por supuesto, y echamos a andar junto a él, apretándonos contra su pecho. Yo lo miraba como quien mira a un mago que acaba de sacar un conejo blanco de su sombrero.

         Al principio, resultó complicado eso de caminar hacia atrás sin tropezarnos, sobre todo para papá, que llevaba puestos sus zapatos de futbol. Pero en cuanto desanduvimos unos pocos metros, parecía como si lo hubiésemos hecho toda nuestra vida. Y así, desandando el tiempo, regresamos a la habitación del hospital donde papá pasó los últimos tres meses de su vida postrado en una cama y soportando con estoicismo los múltiples inconvenientes de un cáncer terminal. Después de revisar algunas gráficas médicas y darse una vuelta por el baño, dijo que no, que ahí no estaba el asunto que tenía que resolver.

          Continuamos desandando, deteniéndonos en el consultorio del oncólogo el día que le dieron el fatal diagnóstico, en la librería donde compraba los montones de libros que después apretujaba en las repisas de su pequeña, pero digna biblioteca. Retrocedimos a la Guada, una cantina cancunense ubicada en los bajos de la vieja plaza de toros, reconvertida en escenario de conciertos musicales, donde solía jugar dominó con sus amigos los viernes en la tarde, a los restaurantes donde desayunábamos los domingos, a las escasas playas públicas que subsisten apretujadas entre lujosos resorts all-inclusive. En ninguno de esos lugares estaba el pendiente. Fuimos a dos o tres cenotes que visitábamos con frecuencia, lugares mágicos que maravillaron a Fray Diego de Landa en el siglo XVI y que siguen maravillando a turistas nacionales e internacionales en pleno siglo XXI. Nos subimos a la pirámide de Nohoch Mul en la zona arqueológica de Cobá que era su lugar favorito de toda la península de Yucatán, y escalamos las numerosas escalinatas del Acrópolis de Ek Balam, la ciudad del jaguar negro, desde donde papá siempre nos decía que las frondosas copas de los árboles parecían una ensalada de brócoli fresco. El asunto pendiente tampoco estaba ahí.

          Por no dejar, fuimos a Calakmul, a Chichen Itza, a Uxmal y a Mayapam, pero el asunto pendiente tampoco estaba entre esas ruinas mayas. Caminamos por el callejón de los frailes en Valladolid, asomándonos a los zaguanes de las casas vallisoletanas, hasta llegar al convento de San Bernardino de Siena, pero nada. Aprovechamos que andábamos por el rumbo y fuimos a Río Lagartos, y después a Holbox, donde recorrimos de arriba abajo la calle Tiburón Ballena, que tiene tantos baches que es fácil perder cosas o dejar asuntos pendientes ahí, pero la calle estaba inundada, y resignados, nos regresamos en el ferry al pintoresco pueblito de Chiquilá. Fuimos a la caleta de Xel-ha antes de que fuera el famoso parque acuático Xel-ha, y a la laguna de Bacalar, antes del boom turístico que amenaza con destruir su frágil equilibrio ecológico. Por último, navegamos a Isla Mujeres acompañados por dos tortugas marinas cuyos caparazones color esmeralda resplandecían bajo las plácidas y turquesas aguas del mar caribe. En playa norte buscamos entre las palapas, la arena y el suave oleaje, pero al asunto pendiente tampoco estaba en ese paraíso insular.

          Finalmente regresamos a nuestra casa. Apenas entrar, comencé a llorar de hambre. Mamá me tomó en brazos, me puso el biberón en la boca y me recostó sobre mi cuna. Papá buscó por todas las habitaciones, revolvió cajones y armarios, revisó hasta el último rincón —incluyendo las conexiones eléctricas y las tuberías de gas y del aire acondicionado—, pero el asunto pendiente tampoco estaba ahí. Cuando salimos de la casa, sentí un ligero desvanecimiento, y después de una amniótica y breve escala intrauterina, me vi convertido en una pequeña partícula cósmica que se elevó por encima de las nubes, desde donde seguí, con atención, su desandar. Vi a mis padres abandonar Cancún y viajar de regreso a la Ciudad de México en un beetle negro, lleno hasta el tope con todas sus pertenencias. Después de hacer escalas nocturnas en Mérida, Campeche y Coatzacoalcos llegaron a México, y apenas entraron a la ciudad se dirigieron al diminuto departamento de Polanco, en el que vivieron sus dos primeros años de casados, antes de que yo naciera. Los seguí hasta la iglesia donde se casaron, en Cuernavaca, y apenas los reconocí; lucían guapos y jóvenes, todavía sin la brutal erosión que causan los años y la rutina.

           En cuánto se dieron el sí al pie del altar papá se despidió de mamá en una escena que me resultó entrañable y conmovedora, y continuó desandando, él solo, su camino. Llegó a la oficina donde trabajó hasta los cuarenta años, y buscó sin éxito en su escritorio, en su oficina, en la sala de juntas, en el almacén. De ahí, se fue a la universidad en la que se graduó de licenciado en administración de empresas, que quedaba por el rumbo de San Ángel. Entró a dos o tres aulas, fue a la cafetería, a la biblioteca y al pequeño jardín donde pasaba sus horas libres jugando ping-pong.

      Preguntó por algunos bares que solía frecuentar, pero le dijeron que ya no existían. De la universidad se fue a la estación de autobuses donde desabordó el autobús, que, en reversa, lo regresó al pequeño pueblo que tanto añoraba, un pueblo rodeado de montañas y de valles, a la escuela primaria que quedaba del otro lado del río, a las casas de una planta con techos de teja, a los vastos descampados donde pastaban mansos rebaños de vacas y de ovejas, a los juegos en las calles polvorientas que quedaban detrás de la iglesia. En la plaza central de su pueblo, al lado del kiosco hexagonal y bajo la sombra de un frondoso flamboyán de intensas flores rojas, unos niños que jugaban a las canicas, y entre los que distinguí a mi tía Jacinta de trenzas y rodillas raspadas, lo saludaron por su nombre y lo invitaron a jugar con ellos, pero papá les dijo que no podía, que gracias, pero que antes tenía que resolver un asunto que había dejado pendiente. Siguió desandando por unas calles sin pavimentar hasta llegar al campo de futbol del pueblo, donde se disputaba un partido que, supongo, era importante, por la cantidad de gente que había alrededor de la cancha. Saludó emotivamente a una pareja joven que me resultó vagamente familiar, y que en un segundo vistazo reconocí como mis abuelos paternos, cuya foto de boda estuvo siempre en el buró de papá, al lado de su cama, y que incluso se llevó al hospital, cuando le dijeron que ya no podía seguir viviendo en la casa. Recordé a papá sosteniendo esa foto en sus manos y hablando con ellos en las lentas horas de su penosa enfermedad. Mis abuelos murieron jóvenes, antes de que papá se fuera a México. Yo no los conocí, pero papá me contaba que eran gente sencilla, de campo, sin mayores pretensiones en la vida que ser felices y educar a sus hijos para que fueran personas decentes. Yo siempre tuve la impresión de que los quiso mucho.

          Al entrar al campo, y ante el asombro de todos, papá aminoró su paso y saludó a cada uno de sus compañeros de equipo. Al llegar al manchón de penalti, finalmente se dio la media vuelta y miró de frente. Tomó la pelota con sus dos manos, le dio un beso, la colocó sobre un pequeño montículo, retrocedió tres o cuatro pasos, y esperó que el árbitro pitara.  Al escuchar el sonido del silbato, corrió hasta la pelota y le pegó un magistral zurdazo con la parte interna del pie. La pelota entró a la portería pegadita al poste izquierdo, mientras el portero del otro equipo volaba hacía el poste derecho. La gente del pueblo estalló en una gran ovación que hizo que una parvada de palomas que picoteaban un maizal en busca de granos y de gusanos levantara el vuelo. Fue tan fuerte la ovación que parecía que celebraban haber ganado un campeonato estatal, o algo así. Papá echó a correr, festejando el gol que había fallado cincuenta años atrás, y cuyo recuerdo lo perseguía desde entonces.

       Y así, liberando un grito que traía atorado en su garganta, cruzó de tres zancadas el Golfo de México y las cinco décadas que lo separaban de Cancún y del cementerio, y llegando de nuevo a su tumba tropical se metió en el ataúd, que permanecía abierto. Se despidió de todos y cerró sus ojos, dándonos a entender que estaba listo para descansar en paz.

     Y entonces me acordé de lo que alguna vez me dijo, que al cielo entraba él dominando una pelota de futbol.

6 comentarios:

  1. Buenísimo Diego . Lo habíamos leído en el taller. Volverlo a hacer fue una delicia . Congrats !!!

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  2. Que hermoso relato, muy original. Inteligente la estructura narrativa. Lo disfruté mucho! Felicidades!

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  3. Una sesión de terapia para encontrar y resolver un DHS. Muy bien.

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  4. Disfruté enormemente el desandar el camino. Que maravillosa manera de llevarnos por este recorrido.

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  5. Me gustó mucho, felicidades. Lia Villava

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  6. Fantástico cuento, Diego. Felicidades!!

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