mojaba la boca; siendo caro, sentía que robaba.
Una botella cada uno. Ese era el balance de la comida. Él, que sabía que ella debía
partir en breve, le tomó la mano, no con cariño ni con ternura: quería sexo. Primero ella le
dijo que ya estaba arreglada, por lo que él prosiguió a acariciarle el coño. Entonces ella
aceptó. Él, poco a poco fue tomando más partes del cuerpo de ella, y ella, cada vez fue
disfrutando más. El vino trabajaba a marchas forzadas: el momento era gozado. Como otras
veces, se complacieron mutuamente. Como otras veces, acabaron felices.
Ella se despidió con una enorme sonrisa en su cara; él pensaba: ese café de la
mañana sí que salió bueno, sí que hizo su trabajo. Él, prosiguió su día con la calma de un
hombre con una mujer que está con sus amigas. Ya en soledad, leyó algunas noticias (el
mundo se caía a pedazos), vio una película de terror y claro, tomó más café.
Ella, por su parte, caminó dos cuadras a la izquierda, luego tres a la derecha, entró
en un edificio de seis pisos, subió al quinto piso por las escaleras, tocó la puerta en la
habitación 9856 y, cuando abrió la puerta un hombre alto, delgado, rasurado y medio calvo,
exclamó: "¡Jorge!" prosiguiendo a abrazarlo, besarlo y a entregarse como alguien que no
sabe a dónde va, pero quiere ir.
La tarde pasó de fornicación en fornicación, de risas a risas y de caricias a caricias.
El sol se iba, caminado, al otro lado del mundo para no volver hasta el día siguiente.
Entonces, ella, triste, se bañó, se arregló, y comenzó su camino de regreso. Habían pasado
dos horas. Lo permitido para la ocasión.
Al volver lo encontró sin playera y comiendo de su mermelada. Conteniendo su
furia con todas sus fuerzas, sin decir nada, pasó al baño. Ahí, no hizo nada. Al salir, él había
guardado la mermelada y tenía una camisa puesta. Lo que debe de haber pasado, es que se
confundió de mermelada. No puede, ella, llegar por sorpresa: hay tres puertas en la entrada.
¿O lo planeó? ¿La quiere hacer enojar? Estaba exhausta. Prefirió dejar de pensar y no hacer
nada. Mejor su puso a ver televisión, había películas que la dejaban dormida: una de esas
eligió.
Él la miró dormir, como un delincuente mira un diamante en una vitrina. También
cambió de película en la televisión, le bajó el volumen y siguió viendo el terror que le
desagradaba, no sabía por qué. De pronto, ya los dos dormían, juntos. En un sofá junto a
una mesa y un florero. Ella soñaba en su ascenso: se lo quitaban. No a menudo tenía
pesadillas, pero a veces pasaba. Él soñaba que brincaba distancias muy largas: quería volar,
peor no podía: siempre caía.
Él despertó y ella estaba en el baño. Él, había ido varias veces durante la noche,
aprovechando para pasarse a la cama. Él no la había querido despertar del sofá para que se
pasara a la cama, por cuestiones históricas. Esta vez, ya en la mañana, pasó y vio el florero
en el piso. Roto. Le pareció extraño. Miró al baño, con angustia. Fue por una escoba y un
recogedor. Limpió el tiradero ajeno de la sala. Sin gusto ni cariño. Ella seguía en sus cosas
mientras él se debatía entre decir algo o no decir nada.
Ella, salió del baño en toalla. Siempre le había parecido sexy cuando ella estaba en
toalla. Muchas veces, no todas, le gustaba quitársela y poseerla ahí mismo: jugaban a que la
violaba: a que ella no quería y aun así él la tomaba por completo y como quisiera. Esta vez
fue diferente. No le quitó la toalla; no la poseyó. "A qué hora sales a trabajar" dijo, más
bien. Ella lo miró con ojos de alguien que no quiere dar respuesta. Y no la dio. Sacó lo que
quedaba de su mermelada y la untó en un pan. Luego, lo dejó en el plato y pasó al cuarto a
vestirse. Él, que ocupaba su celular que estaba en la cama, no quiso entrar en lo que ella se
vestía; algo extraño, pero ni siquiera se preguntó por qué de su contradictoria decisión.
Vestida y despampanante, caminó a su plato. Al verlo, lo volteó a ver a él, los ojos dijeron:
¡Qué sorpresa! No te lo comiste. Los labios, elucubraron: "¿Quieres?". Él no quería. Ni un
bocado. Pero respondió: "Sí, gracias. Qué amable". Comieron el pan; él miraba su celular,
ella también. Él, decidió pasar a la caminadora; era nueva y apenas la usaban. Claro que
antes se cambió a ropa deportiva. Ella le miró la espalda, fijamente, un buen rato. "Ya mero
me voy" dijo, antes de sentarse a acomodarse un zapato. Él hizo como que no escuchó. "Ya
mero me voy" dijo, ella, más fuerte. Aún, sentada. "¡Que te vaya muy bien!" le dijo a ella.
Se bajó de su caminadora, pasó brevemente al baño a lavarse la cara y luego se acercó a
ella y la trató de besar: ella no se dejó alegando que todavía estaba sudado. Sin insistir,
abrió el refrigerador y sacó su yogurt; le sorprendió verlo ahí, pensaba que ella se lo habría
comido en venganza. Se lo comenzó a comer en frente de ella, mientras la veía a intervalos.
Ese yogurt le gusta mucho. Ella escribía en su celular y se reía y se estresaba. A veces decía
nombres con adjetivos peyorativos, en balbuceos, a veces sólo sonreía. "Perdón por tomar
tu mermelada. Hoy caducaba y pensé que ya no la querías" expresó, con una sinceridad
encubierta. "No te preocupes. Perdón por tirar el florero. Estaba muy dormida" le
respondió, con entusiasmo. "Estaba viejo y feo. Gracias por desaparecerlo de nuestras
vidas" le contestó con una paciencia que ni él se conocía. Ya el envasé de yogurt en la
basura, él se sentó en la computadora, abrió archivos de trabajo y comenzó a laborar.
Nuevamente, ella se le quedó mirando. Está vez decidió acercarse, tomarlo del cuello y
comenzar a besarlo. Él insistió en escribir un momento más, hasta que ella lo venció. Ella
siempre le ganaba. Le regresó los besos con intereses. Ella nunca dejó de abrazarlo. Le
preguntó si la amaba, él dijo que sí. Se lo preguntó de nuevo, él dijo que sí. Mientras ella
terminaba, él la abrazó fuerte y ella lo agradeció. "Maldita sea, me tengo que bañar de
nuevo" dijo ella mientras él se alejaba. En cambio, él sólo se volvió a vestir con la ropa que
ya tenía y regresó a la computadora a trabajar. "Cuantos correos manda la gente, por dios"
dijo para sí, mientras ella preparaba la ducha. Cuando se vistió, decidió ponerse otra ropa.
Ahora, parecía ella más elegante, como si fuera la noche. Él no volteaba, trabajaba. Ella lo
mira, se acerca, se aleja, camina a la puerta, regresa por su bolsa, camina hacia él, se vuelve
a ir hacia la puerta. "Adiós amor" le dice él. Ella vuelve a voltear. Abre la puerta y se va. Él
continúa trabajando. Después se para, camina al baño, se asea y se pone ropa. Ropa decente
para sus gustos. La ventana de su casa es grande. Y uno puede ver la ciudad completa.
Decidió verla por unos minutos. Con un buen café en la mano, seguía sin entender como un
café importado podía saber tan rico, o hasta más, que uno nacional. Casas, edificios,
rascacielos, todo hacían un panorama, si bien conocido, también fascinante cada vez.
Habían pasado diez, quizá quince minutos de que ella había salido cuando sonó a la puerta.
Se apresuró a abrir. Entró un hombre alto, delgado, rasurado y medio calvo. Él
exclamó: "¡Jorge!" prosiguiendo a abrazarlo, besarlo y a entregarse.