lunes, 24 de marzo de 2025

"Dos días en una vida con sentido y alevosía", de Rodrigo Musi

Cuento nominado en los Premios Sasil 2025.

Era una mañana agridulce. Llovía, lo cual era bueno, pero no había fresco, algo que
resentían los dos. El frío y la lluvia les recordaban mejores tiempos, tiempos pasados. A 
ella, en lo personal, la hacía sentir cerca de su madre, que, durante los días lluviosos le 
cantaba canciones sobre seres marinos y príncipes valientes que los destruían, las canciones 
también hablaban de princesas, pero esas partes ya las había olvidado; a él, lo llevaba a esos 
días cuando era soltero y conocía mujeres diferentes cada fin de semana: la lluvia siempre 
lo ayudó. Era como un amuleto que lo envolvía y las envolvía. Nada como brindar un 
espejismo de ayuda y seguridad en mujeres inseguras. 
La mañana pasaba mientras tomaban té, café, comían panes dulces y hablaban de lo 
que habían hecho, lo que harían, de lo rico que el nuevo café sabía y de lo extraño que era 
de que siguieran tomando té: no servía para nada. Ella había ascendido de puesto y quería 
salir del país de viaje; tenía años que no lo hacía; este era su momento. Él, contactó nuevos 
clientes y podía ganar mucho dinero en poco tiempo, además quería hacer más ejercicio; ya 
no era tan joven. Las noticias eran irrelevantes: siempre eran iguales: muertes, destrucción 
y desolación en el mundo. Ninguno de los dos las leía. Escuchaban música, eso sí. Ponían, 
a ratos, canciones de cuando sus padres eran jóvenes; a otros, de cuando ellos eran jóvenes; 
y a otras, no importaba. 
Les llegó la hora de la comida. Sacaron el pato que llevaba preparándose toda la 
mañana (él se levantó temprano para esto: ella no sabía cocinar), las patatas y el vino 
rosado. Comían con gusto. El pato era un favorito en común (de los pocos que había. Quizá 
también la carne de tortuga, pero esa sentían que si la seguían comiendo se quedarían sin 
amigos), que, con las patatas, sentían que era como un tipo de platillo universal: a quién no 
podría gustarle. La botella, esa sí la veían con recelo: querrían otra más; él apenas la abría
(y el aroma impregnaba el comedor), pero ya tanto él como ella sabían que no sería 
suficiente. El juego era, que ni ella, ni él, querían decir ni primero ni abiertamente, que 
querrían otra. La comida transcurría, el pato se acababa y la botella también. Finalmente él 
se levantó, caminó cerca de la pequeña cava que tenían e hizo como que limpiaba la mesa. 
Ella, o por razones divinas o freudianas, decidió aceptarle el trato y le pidió la segunda 
botella. "Ya que estás ahí", dijo ella, con un tono que pedía rapidez y ningún tipo de 
respuesta; salvo claro, otra botella. Él la volteó a ver. Muy rápido. No sintió que ganó, pero 
era una dulce derrota. El vino era exquisito. Sin ser dulce, sabía a frutas; siendo seco, le 
mojaba la boca; siendo caro, sentía que robaba. 
Una botella cada uno. Ese era el balance de la comida. Él, que sabía que ella debía 
partir en breve, le tomó la mano, no con cariño ni con ternura: quería sexo. Primero ella le 
dijo que ya estaba arreglada, por lo que él prosiguió a acariciarle el coño. Entonces ella
aceptó. Él, poco a poco fue tomando más partes del cuerpo de ella, y ella, cada vez fue 
disfrutando más. El vino trabajaba a marchas forzadas: el momento era gozado. Como otras 
veces, se complacieron mutuamente. Como otras veces, acabaron felices. 
Ella se despidió con una enorme sonrisa en su cara; él pensaba: ese café de la 
mañana sí que salió bueno, sí que hizo su trabajo. Él, prosiguió su día con la calma de un 
hombre con una mujer que está con sus amigas. Ya en soledad, leyó algunas noticias (el 
mundo se caía a pedazos), vio una película de terror y claro, tomó más café. 
Ella, por su parte, caminó dos cuadras a la izquierda, luego tres a la derecha, entró 
en un edificio de seis pisos, subió al quinto piso por las escaleras, tocó la puerta en la 
habitación 9856 y, cuando abrió la puerta un hombre alto, delgado, rasurado y medio calvo, 
exclamó: "¡Jorge!" prosiguiendo a abrazarlo, besarlo y a entregarse como alguien que no 
sabe a dónde va, pero quiere ir. 
La tarde pasó de fornicación en fornicación, de risas a risas y de caricias a caricias.
El sol se iba, caminado, al otro lado del mundo para no volver hasta el día siguiente. 
Entonces, ella, triste, se bañó, se arregló, y comenzó su camino de regreso. Habían pasado 
dos horas. Lo permitido para la ocasión. 
Al volver lo encontró sin playera y comiendo de su mermelada. Conteniendo su 
furia con todas sus fuerzas, sin decir nada, pasó al baño. Ahí, no hizo nada. Al salir, él había 
guardado la mermelada y tenía una camisa puesta. Lo que debe de haber pasado, es que se
confundió de mermelada. No puede, ella, llegar por sorpresa: hay tres puertas en la entrada. 
¿O lo planeó? ¿La quiere hacer enojar? Estaba exhausta. Prefirió dejar de pensar y no hacer
nada. Mejor su puso a ver televisión, había películas que la dejaban dormida: una de esas 
eligió. 
Él la miró dormir, como un delincuente mira un diamante en una vitrina. También 
cambió de película en la televisión, le bajó el volumen y siguió viendo el terror que le 
desagradaba, no sabía por qué. De pronto, ya los dos dormían, juntos. En un sofá junto a
una mesa y un florero. Ella soñaba en su ascenso: se lo quitaban. No a menudo tenía 
pesadillas, pero a veces pasaba. Él soñaba que brincaba distancias muy largas: quería volar, 
peor no podía: siempre caía. 
Él despertó y ella estaba en el baño. Él, había ido varias veces durante la noche, 
aprovechando para pasarse a la cama. Él no la había querido despertar del sofá para que se 
pasara a la cama, por cuestiones históricas. Esta vez, ya en la mañana, pasó y vio el florero 
en el piso. Roto. Le pareció extraño. Miró al baño, con angustia. Fue por una escoba y un 
recogedor. Limpió el tiradero ajeno de la sala. Sin gusto ni cariño. Ella seguía en sus cosas
mientras él se debatía entre decir algo o no decir nada. 
Ella, salió del baño en toalla. Siempre le había parecido sexy cuando ella estaba en 
toalla. Muchas veces, no todas, le gustaba quitársela y poseerla ahí mismo: jugaban a que la 
violaba: a que ella no quería y aun así él la tomaba por completo y como quisiera. Esta vez 
fue diferente. No le quitó la toalla; no la poseyó. "A qué hora sales a trabajar" dijo, más 
bien. Ella lo miró con ojos de alguien que no quiere dar respuesta. Y no la dio. Sacó lo que 
quedaba de su mermelada y la untó en un pan. Luego, lo dejó en el plato y pasó al cuarto a 
vestirse. Él, que ocupaba su celular que estaba en la cama, no quiso entrar en lo que ella se 
vestía; algo extraño, pero ni siquiera se preguntó por qué de su contradictoria decisión. 
Vestida y despampanante, caminó a su plato. Al verlo, lo volteó a ver a él, los ojos dijeron: 
¡Qué sorpresa! No te lo comiste. Los labios, elucubraron: "¿Quieres?". Él no quería. Ni un 
bocado. Pero respondió: "Sí, gracias. Qué amable". Comieron el pan; él miraba su celular, 
ella también. Él, decidió pasar a la caminadora; era nueva y apenas la usaban. Claro que 
antes se cambió a ropa deportiva. Ella le miró la espalda, fijamente, un buen rato. "Ya mero 
me voy" dijo, antes de sentarse a acomodarse un zapato. Él hizo como que no escuchó. "Ya 
mero me voy" dijo, ella, más fuerte. Aún, sentada. "¡Que te vaya muy bien!" le dijo a ella. 
Se bajó de su caminadora, pasó brevemente al baño a lavarse la cara y luego se acercó a 
ella y la trató de besar: ella no se dejó alegando que todavía estaba sudado. Sin insistir, 
abrió el refrigerador y sacó su yogurt; le sorprendió verlo ahí, pensaba que ella se lo habría
comido en venganza. Se lo comenzó a comer en frente de ella, mientras la veía a intervalos. 
Ese yogurt le gusta mucho. Ella escribía en su celular y se reía y se estresaba. A veces decía 
nombres con adjetivos peyorativos, en balbuceos, a veces sólo sonreía. "Perdón por tomar 
tu mermelada. Hoy caducaba y pensé que ya no la querías" expresó, con una sinceridad 
encubierta. "No te preocupes. Perdón por tirar el florero. Estaba muy dormida" le 
respondió, con entusiasmo. "Estaba viejo y feo. Gracias por desaparecerlo de nuestras 
vidas" le contestó con una paciencia que ni él se conocía. Ya el envasé de yogurt en la 
basura, él se sentó en la computadora, abrió archivos de trabajo y comenzó a laborar. 
Nuevamente, ella se le quedó mirando. Está vez decidió acercarse, tomarlo del cuello y 
comenzar a besarlo. Él insistió en escribir un momento más, hasta que ella lo venció. Ella 
siempre le ganaba. Le regresó los besos con intereses. Ella nunca dejó de abrazarlo. Le 
preguntó si la amaba, él dijo que sí. Se lo preguntó de nuevo, él dijo que sí. Mientras ella 
terminaba, él la abrazó fuerte y ella lo agradeció. "Maldita sea, me tengo que bañar de 
nuevo" dijo ella mientras él se alejaba. En cambio, él sólo se volvió a vestir con la ropa que 
ya tenía y regresó a la computadora a trabajar. "Cuantos correos manda la gente, por dios" 
dijo para sí, mientras ella preparaba la ducha. Cuando se vistió, decidió ponerse otra ropa. 
Ahora, parecía ella más elegante, como si fuera la noche. Él no volteaba, trabajaba. Ella lo 
mira, se acerca, se aleja, camina a la puerta, regresa por su bolsa, camina hacia él, se vuelve 
a ir hacia la puerta. "Adiós amor" le dice él. Ella vuelve a voltear. Abre la puerta y se va. Él 
continúa trabajando. Después se para, camina al baño, se asea y se pone ropa. Ropa decente 
para sus gustos. La ventana de su casa es grande. Y uno puede ver la ciudad completa. 
Decidió verla por unos minutos. Con un buen café en la mano, seguía sin entender como un 
café importado podía saber tan rico, o hasta más, que uno nacional. Casas, edificios, 
rascacielos, todo hacían un panorama, si bien conocido, también fascinante cada vez. 
Habían pasado diez, quizá quince minutos de que ella había salido cuando sonó a la puerta. 
Se apresuró a abrir. Entró un hombre alto, delgado, rasurado y medio calvo. Él 
exclamó: "¡Jorge!" prosiguiendo a abrazarlo, besarlo y a entregarse.

"Tras los pasos de papá", de Diego Covarrubias





Cuento Ganador del Premio Sasil 2025

Tras los pasos de papá

A pesar de ser chilango de nacimiento, papá nos pidió que al morir lo enterráramos en Cancún, a donde había llegado en 2005 proveniente de la Ciudad de México, tres meses antes de que los vientos del poderoso huracán Wilma azotaran durante cuatro días los frágiles vidrios de su departamento, ubicado en el edificio de La Troje en la avenida Acanceh. Cuando finalmente, y después de una lenta agonía papá murió, no nos quedó otra alternativa que cumplir su deseo, a pesar de que algunos familiares reclamaban que lo enterráramos en su pueblo natal, donde estaban enterrados sus hermanos y sus padres, sus abuelos y bisabuelos.

          Solemos imaginar los entierros como ceremonias solemnes en cementerios sombríos, rodeados de tumbas enmohecidas por la fría humedad y con pesadas lápidas de piedra y epitafios laudando las virtudes de los fallecidos, a la sombra de lánguidos cipreses y bajo cielos encapotados y tristes. Los entierros en Cancún son diferentes; se realizan entre palmeras de abundantes follajes y bajo cielos azules, despoblados de nubes y con ruidosas parvadas de pericos, que, como ráfagas verdes, rasgan el horizonte.

          Cuando los sepultureros terminaron de bajar el ataúd de papá en la tumba tropical donde yacería por siempre y para siempre, sudaban profusamente, castigados por los inclementes rayos solares. Yo fui el primero en escuchar el sonido de los golpes. Al principio pensé que eran picotazos de algún pájaro carpintero buscando escarabajos en la corteza de las ceibas. Pero no, el ruido provenía de adentro del ataúd de mi padre. Le pedí a los sepultureros que dejaran de echarle tierra encima y que lo abrieran. Dentro de él, mi papá, con sus sesenta y pocos años a cuestas, y vistiendo el uniforme de su equipo de futbol llanero con el que había pedido que lo enterráramos, recibió el aire caluroso y húmedo de la mañana con una amplia sonrisa.  Se sacudió la tierra que había caído en su rostro y abrió los ojos. Es fácil imaginar la conmoción que este hecho causó entre los asistentes al entierro: mamá se echó a llorar con un llanto que tenía algo de histérico y mucho de jubiloso y, húmeda de lágrimas, alcancé a escuchar varias veces la palabra "milagro" que salía de su boca mezclada con invocaciones divinas. Mi tía Jacinta, menos devota que mi madre, pero más dramática, y que había viajado desde la ciudad de México para acompañar a su hermano a su última morada, se desmayó como si fuera un lirio acuático, y el párroco que oficiaba las exequias a cambio de una generosa dádiva, se hincó, persignándose repetidas veces sobre su pecho y frente.

          Apenado, papá se disculpó por el alboroto que estaba causando, y con voz apacible, pero firme, anunció que no podía morirse hasta no resolver un asunto que tenía pendiente. Aclaró que no sabía bien a bien de qué asunto se trataba, por lo que tendría que desandar sus pasos hasta encontrarlo, y que solo después de resolverlo, podía morirse. Volvió a pedir perdón por las inconveniencias que eso causaba, pero señaló que para él era muy importante descansar en santa paz, en el cielo, rodeado de ángeles celestiales, como todo buen cristiano, sin dejar asuntos pendientes.

          Ya puesto en pie, abrazó a mi mamá, y exigiendo mi brazo como punto de apoyo, nos preguntó si queríamos acompañarlo a desandar su vida. Le dijimos que sí, que por supuesto, y echamos a andar junto a él, apretándonos contra su pecho. Yo lo miraba como quien mira a un mago que acaba de sacar un conejo blanco de su sombrero.

         Al principio, resultó complicado eso de caminar hacia atrás sin tropezarnos, sobre todo para papá, que llevaba puestos sus zapatos de futbol. Pero en cuanto desanduvimos unos pocos metros, parecía como si lo hubiésemos hecho toda nuestra vida. Y así, desandando el tiempo, regresamos a la habitación del hospital donde papá pasó los últimos tres meses de su vida postrado en una cama y soportando con estoicismo los múltiples inconvenientes de un cáncer terminal. Después de revisar algunas gráficas médicas y darse una vuelta por el baño, dijo que no, que ahí no estaba el asunto que tenía que resolver.

          Continuamos desandando, deteniéndonos en el consultorio del oncólogo el día que le dieron el fatal diagnóstico, en la librería donde compraba los montones de libros que después apretujaba en las repisas de su pequeña, pero digna biblioteca. Retrocedimos a la Guada, una cantina cancunense ubicada en los bajos de la vieja plaza de toros, reconvertida en escenario de conciertos musicales, donde solía jugar dominó con sus amigos los viernes en la tarde, a los restaurantes donde desayunábamos los domingos, a las escasas playas públicas que subsisten apretujadas entre lujosos resorts all-inclusive. En ninguno de esos lugares estaba el pendiente. Fuimos a dos o tres cenotes que visitábamos con frecuencia, lugares mágicos que maravillaron a Fray Diego de Landa en el siglo XVI y que siguen maravillando a turistas nacionales e internacionales en pleno siglo XXI. Nos subimos a la pirámide de Nohoch Mul en la zona arqueológica de Cobá que era su lugar favorito de toda la península de Yucatán, y escalamos las numerosas escalinatas del Acrópolis de Ek Balam, la ciudad del jaguar negro, desde donde papá siempre nos decía que las frondosas copas de los árboles parecían una ensalada de brócoli fresco. El asunto pendiente tampoco estaba ahí.

          Por no dejar, fuimos a Calakmul, a Chichen Itza, a Uxmal y a Mayapam, pero el asunto pendiente tampoco estaba entre esas ruinas mayas. Caminamos por el callejón de los frailes en Valladolid, asomándonos a los zaguanes de las casas vallisoletanas, hasta llegar al convento de San Bernardino de Siena, pero nada. Aprovechamos que andábamos por el rumbo y fuimos a Río Lagartos, y después a Holbox, donde recorrimos de arriba abajo la calle Tiburón Ballena, que tiene tantos baches que es fácil perder cosas o dejar asuntos pendientes ahí, pero la calle estaba inundada, y resignados, nos regresamos en el ferry al pintoresco pueblito de Chiquilá. Fuimos a la caleta de Xel-ha antes de que fuera el famoso parque acuático Xel-ha, y a la laguna de Bacalar, antes del boom turístico que amenaza con destruir su frágil equilibrio ecológico. Por último, navegamos a Isla Mujeres acompañados por dos tortugas marinas cuyos caparazones color esmeralda resplandecían bajo las plácidas y turquesas aguas del mar caribe. En playa norte buscamos entre las palapas, la arena y el suave oleaje, pero al asunto pendiente tampoco estaba en ese paraíso insular.

          Finalmente regresamos a nuestra casa. Apenas entrar, comencé a llorar de hambre. Mamá me tomó en brazos, me puso el biberón en la boca y me recostó sobre mi cuna. Papá buscó por todas las habitaciones, revolvió cajones y armarios, revisó hasta el último rincón —incluyendo las conexiones eléctricas y las tuberías de gas y del aire acondicionado—, pero el asunto pendiente tampoco estaba ahí. Cuando salimos de la casa, sentí un ligero desvanecimiento, y después de una amniótica y breve escala intrauterina, me vi convertido en una pequeña partícula cósmica que se elevó por encima de las nubes, desde donde seguí, con atención, su desandar. Vi a mis padres abandonar Cancún y viajar de regreso a la Ciudad de México en un beetle negro, lleno hasta el tope con todas sus pertenencias. Después de hacer escalas nocturnas en Mérida, Campeche y Coatzacoalcos llegaron a México, y apenas entraron a la ciudad se dirigieron al diminuto departamento de Polanco, en el que vivieron sus dos primeros años de casados, antes de que yo naciera. Los seguí hasta la iglesia donde se casaron, en Cuernavaca, y apenas los reconocí; lucían guapos y jóvenes, todavía sin la brutal erosión que causan los años y la rutina.

           En cuánto se dieron el sí al pie del altar papá se despidió de mamá en una escena que me resultó entrañable y conmovedora, y continuó desandando, él solo, su camino. Llegó a la oficina donde trabajó hasta los cuarenta años, y buscó sin éxito en su escritorio, en su oficina, en la sala de juntas, en el almacén. De ahí, se fue a la universidad en la que se graduó de licenciado en administración de empresas, que quedaba por el rumbo de San Ángel. Entró a dos o tres aulas, fue a la cafetería, a la biblioteca y al pequeño jardín donde pasaba sus horas libres jugando ping-pong.

      Preguntó por algunos bares que solía frecuentar, pero le dijeron que ya no existían. De la universidad se fue a la estación de autobuses donde desabordó el autobús, que, en reversa, lo regresó al pequeño pueblo que tanto añoraba, un pueblo rodeado de montañas y de valles, a la escuela primaria que quedaba del otro lado del río, a las casas de una planta con techos de teja, a los vastos descampados donde pastaban mansos rebaños de vacas y de ovejas, a los juegos en las calles polvorientas que quedaban detrás de la iglesia. En la plaza central de su pueblo, al lado del kiosco hexagonal y bajo la sombra de un frondoso flamboyán de intensas flores rojas, unos niños que jugaban a las canicas, y entre los que distinguí a mi tía Jacinta de trenzas y rodillas raspadas, lo saludaron por su nombre y lo invitaron a jugar con ellos, pero papá les dijo que no podía, que gracias, pero que antes tenía que resolver un asunto que había dejado pendiente. Siguió desandando por unas calles sin pavimentar hasta llegar al campo de futbol del pueblo, donde se disputaba un partido que, supongo, era importante, por la cantidad de gente que había alrededor de la cancha. Saludó emotivamente a una pareja joven que me resultó vagamente familiar, y que en un segundo vistazo reconocí como mis abuelos paternos, cuya foto de boda estuvo siempre en el buró de papá, al lado de su cama, y que incluso se llevó al hospital, cuando le dijeron que ya no podía seguir viviendo en la casa. Recordé a papá sosteniendo esa foto en sus manos y hablando con ellos en las lentas horas de su penosa enfermedad. Mis abuelos murieron jóvenes, antes de que papá se fuera a México. Yo no los conocí, pero papá me contaba que eran gente sencilla, de campo, sin mayores pretensiones en la vida que ser felices y educar a sus hijos para que fueran personas decentes. Yo siempre tuve la impresión de que los quiso mucho.

          Al entrar al campo, y ante el asombro de todos, papá aminoró su paso y saludó a cada uno de sus compañeros de equipo. Al llegar al manchón de penalti, finalmente se dio la media vuelta y miró de frente. Tomó la pelota con sus dos manos, le dio un beso, la colocó sobre un pequeño montículo, retrocedió tres o cuatro pasos, y esperó que el árbitro pitara.  Al escuchar el sonido del silbato, corrió hasta la pelota y le pegó un magistral zurdazo con la parte interna del pie. La pelota entró a la portería pegadita al poste izquierdo, mientras el portero del otro equipo volaba hacía el poste derecho. La gente del pueblo estalló en una gran ovación que hizo que una parvada de palomas que picoteaban un maizal en busca de granos y de gusanos levantara el vuelo. Fue tan fuerte la ovación que parecía que celebraban haber ganado un campeonato estatal, o algo así. Papá echó a correr, festejando el gol que había fallado cincuenta años atrás, y cuyo recuerdo lo perseguía desde entonces.

       Y así, liberando un grito que traía atorado en su garganta, cruzó de tres zancadas el Golfo de México y las cinco décadas que lo separaban de Cancún y del cementerio, y llegando de nuevo a su tumba tropical se metió en el ataúd, que permanecía abierto. Se despidió de todos y cerró sus ojos, dándonos a entender que estaba listo para descansar en paz.

     Y entonces me acordé de lo que alguna vez me dijo, que al cielo entraba él dominando una pelota de futbol.

Lia Villava, Premio Sasil de poesía 2025

A pesar de que Lia Villava no es parte del Taller de Malix Editores, quiero compartir su poema en homenaje a nuestra maestra Alicia Ferreira...