jueves, 3 de octubre de 2024

"Felices para siempre", Diego Benlliure

"Solamente falta una buena madriza para que esto sea una boda de verdad; cuando era niño, todas las bodas buenas acababan a chingadazos".

Hay que tener cuidado con lo que uno desea, me hubiera dicho mi abuela de haberme escuchado. Lo peor: que la boda en cuestión era la mía.

Veinticinco años después no he olvidado los pormenores, pero me da pereza hablar de ellos: estupideces de borrachos, algunos con serios problemas de personalidad, otros solamente inseguros y solitarios a quienes se les salía el chamuco cuando tomaban demasiado. Unos se golpearon en la calle, otro nos agarró a zapes a todos los que quedábamos en la pequeña reunión después de la fiesta, en la sala de mi casa. 

Quizá las bodas tengan esa cualidad confrontativa, como los fines de año o las navidades. La vara de medir de nuestra soledad e infelicidad es la alegría de otros, los verdaderamente felices, que suelen ser unos pocos —a veces ni los novios—, y los demás tenemos que lidiar con encuentros tan incómodos como la ropa que traemos puesta, soportar la música horrible a decibeles asesinos y sortear misas y protocolos absurdos a base de cantidades ingentes de alcohol, cocaína y ansiolíticos, separados o en cóctel.

Solo algunos se alegran genuinamente por el enlace, los demás comparan su suerte con los desposados y sienten un agujero en la panza, ya sea por su persistente soltería o por la añoranza de la misma, hasta que las sustancias obran su anestesia y, entonces, todo está en manos de Dios o del diablo, dependiendo de con quién conspire más el universo. En la mayoría de los casos no se aparece ni el uno ni el otro, y todo culmina con aburrimiento mortal y dolor de cabeza. Cuentan de ocasiones que la felicidad contagió a todos y amanecieron llorando mirando el amanecer en la playa, aunque yo creo que eso son mentiras grotescas. Las que me constan, son aquellas en las que la envidia y la amargura encontraron camino libidinal y alianzas fortuitas para que los caballeros más viriles acabaran escondidos debajo de una mesa mientras sus sofisticadas esposas dirimían añejas rencillas a botellazos. 

Por lo pronto, yo llevo ya dos bodas, y me preparo con toda la ilusión para la tercera, a ver si ahora sí hay que llamar al ministerio público.


Lia Villava, Premio Sasil de poesía 2025

A pesar de que Lia Villava no es parte del Taller de Malix Editores, quiero compartir su poema en homenaje a nuestra maestra Alicia Ferreira...