viernes, 1 de noviembre de 2024

"Un elemento extraño", de Mariel Turrent


 

Como la tormenta amenazaba con convertirse en huracán se canceló la reunión de lectura, pero Ilse propuso leer una historia y comentar en un grupo de WhatsApp.

Se unieron doce. Como era 31 de octubre, Román sugirió una historia de terror que provocó aplausos y pulgares hacia arriba. Durante el día, el grupo estuvo en silencio, Ilse pensó que, como ella, todos estarían ocupados comprando agua embotellada, latas de atún, pilas y todo lo que pudieran necesitar, pero ya entrada la tarde empezaron a manifestarse.

            Rocío ¿Alguien ha podido leer?

            Lento y tímido fue apareciendo un hilo de excusas. Para que no decayeran los ánimos, Ilse propuso iniciar todos juntos la lectura a medianoche. Esther escribió que buscaría en internet algo lóbrego y evocador para iniciar y ponerse a tono. Su comentario provocó emojis de conmoción y de gritos de miedo. Luego risas. Nuevamente se hizo el silencio.

            A las 11:00 pm, la casa de Ilse quedó en tinieblas. 

Rocío ¿Tienen luz?

Román Sí.

Esther Sí.

Ilse No.

Paul No…

Rocío ¿Podremos hacerlo sin luz?

Ilse Yo tengo pila y buena señal.

Roman Yo también.

Paul 👍🏼

Esther Entonces, ¡empezamos! ¿Les parece si hacemos una videollamada? Tengo listo un ritual de iniciación, luego hacemos la lectura y después ya comentamos en el chat ¿no?

Roman Sí.

Paul 👍🏼

Ilse Sí…

            Esther inició la videollamada y entre sombras se fueron uniendo todos los participantes. Ilse no reconoció la voz de Esther, escuchar la invocación a Hun-Camé y demás deidades del inframundo de forma entrecortada por los relámpagos y la lluvia torrencial le provocó escalofríos. Al fondo se oían las risitas siniestras de algunos. Ella también rio mordiéndose un dedo. Rocío envió un mensaje diciendo que le daba miedo, que estaba sola y que mejor ella se desconectaba. Otros tres miembros la siguieron. Paul y Roman dejaron escapar ruiditos sarcásticos. Durante la lectura del cuento, otros tres se desconectaron. Las cámaras dejaron de funcionar justo cuando el relato estaba por terminar, por lo que Román envió el PDF al grupo para que pudieran terminar la lectura.  Entonces empezaron los mensajes. Primero comentarios cautelosos sobre los que habían desertado, alguno que otro más incisivo y luego uno que los dejó helados:

Ilse ¿Qué onda con Rocío? ¿estará bien?

Román es bien mojigata.

Esther Bueno, hay que respetar, todos tenemos nuestros traumas.

Paul 😨

Román ¿Y los otros? ¿Se habrán quedado sin señal o también les dio miedo?

Ilse No sé si es por el huracán, pero el relato tiene la mezcla de terror y horror que más miedo me ha dado, y eso que soy fanática del género.

Paul 🫨 🤣

Esther Coincido con Ilse. No había leído a este escritor yucateco, pero me provocó el mismo sentimiento que cuando vi El proyecto de la bruja de Blair.

Román No aguantan nada…

+000000 La noche apenas empieza, pendejos. ¡Prepárense!

El silencio filosísimo mató los ánimos. Inmediatamente Ilse mandó un mensaje al grupo de lectura original preguntando si alguien tenía registrado ese número. No obtuvo respuesta, pero Román le escribió de forma personal que eso ya no le estaba gustando. Un bombardeo de imágenes obscuras empezó a aparecer. Ilse, nerviosa y sintiéndose responsable, pidió a la persona que se identificara, pero sus mensajes se perdían entre esa tormenta gráfica obscena. Los participantes empezaron a preguntarle en privado a Ilse qué estaba pasando, cuando de pronto, el extraño escribió:

+000000 ¿No saben quién soy, pendejos? Pregúntenle a quien me invitó. 

Ilse preguntó en privado a Esther si se refería a ella, pero esta respondió que no tenía idea de quién era.

Esther Sácalo del grupo tú eres la administradora.

Ilse Ya intenté, pero no me permite la aplicación. Ya no soy yo la administradora sino el número extraño.

 Román Ilse, ¿qué está pasando?, ¿quién es ese invitado?

Ilse No tengo idea, Esther tampoco sabe y la app no me deja sacarlo. Vamos a salirnos todos del grupo.

Román Ve lo que acaba de poner.

Entonces, aparecieron las fotos de perfil en negativo de cada uno de los participantes cruzadas con rojo. Ilse pidió a los que quedaban abandonar el grupo, pero la opción había desaparecido. Por su mente pasó la idea de que eso lo había provocado la invocación de Esther. Quiso comunicarse con ella, pero un rayo ensordecedor sacudió el piso y el teléfono se le cayó de las manos. Temblando, cerró los ojos y se hizo un ovillo. El ciclón irrumpió con toda su fuerza. Ilse hizo un esfuerzo y recuperó el celular. Estaba bloqueado. En la pantalla solo estaba su foto con un eje en rojo atravesándola.  En vano trató de reiniciarlo.  Cuando un relámpago iluminó la estancia, corrió hacia el teléfono fijo que estaba en la cocina. Todo transcurrió en un segundo:  el mundo entero se cimbró bajo sus pies, Ilse se desplomó, una ráfaga de viento arrancó con sus garras la ventana y el viento furioso lanzó una enorme estaca que impactó a Ilse estrellándola contra la pared. 

Días después los noticieros publicaron el saldo tras el meteoro:

La cifra oficial de víctimas por el huracán 'Loom' en Quintana Roo …

El saldo oficial de víctimas que dejó el huracán 'Loom' tras su paso por la península el pasado 31 de octubre ha ascendido a 20 muertos y 7 desaparecidos, según ha anunciado este jueves la gobernadora del Estado…

Los nombres de Paul, Esther, Román e Ilse figuraban en la nota necrológica.

 


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   Mariel Turrent
Grupo Malix Editores
    9981 804211


jueves, 3 de octubre de 2024

"Felices para siempre", Diego Benlliure

"Solamente falta una buena madriza para que esto sea una boda de verdad; cuando era niño, todas las bodas buenas acababan a chingadazos".

Hay que tener cuidado con lo que uno desea, me hubiera dicho mi abuela de haberme escuchado. Lo peor: que la boda en cuestión era la mía.

Veinticinco años después no he olvidado los pormenores, pero me da pereza hablar de ellos: estupideces de borrachos, algunos con serios problemas de personalidad, otros solamente inseguros y solitarios a quienes se les salía el chamuco cuando tomaban demasiado. Unos se golpearon en la calle, otro nos agarró a zapes a todos los que quedábamos en la pequeña reunión después de la fiesta, en la sala de mi casa. 

Quizá las bodas tengan esa cualidad confrontativa, como los fines de año o las navidades. La vara de medir de nuestra soledad e infelicidad es la alegría de otros, los verdaderamente felices, que suelen ser unos pocos —a veces ni los novios—, y los demás tenemos que lidiar con encuentros tan incómodos como la ropa que traemos puesta, soportar la música horrible a decibeles asesinos y sortear misas y protocolos absurdos a base de cantidades ingentes de alcohol, cocaína y ansiolíticos, separados o en cóctel.

Solo algunos se alegran genuinamente por el enlace, los demás comparan su suerte con los desposados y sienten un agujero en la panza, ya sea por su persistente soltería o por la añoranza de la misma, hasta que las sustancias obran su anestesia y, entonces, todo está en manos de Dios o del diablo, dependiendo de con quién conspire más el universo. En la mayoría de los casos no se aparece ni el uno ni el otro, y todo culmina con aburrimiento mortal y dolor de cabeza. Cuentan de ocasiones que la felicidad contagió a todos y amanecieron llorando mirando el amanecer en la playa, aunque yo creo que eso son mentiras grotescas. Las que me constan, son aquellas en las que la envidia y la amargura encontraron camino libidinal y alianzas fortuitas para que los caballeros más viriles acabaran escondidos debajo de una mesa mientras sus sofisticadas esposas dirimían añejas rencillas a botellazos. 

Por lo pronto, yo llevo ya dos bodas, y me preparo con toda la ilusión para la tercera, a ver si ahora sí hay que llamar al ministerio público.


jueves, 30 de mayo de 2024

"El siguiente", Luis Fernando Redondo

Aquí lo dice bien clarito.

Gregor escucha una voz sin inflexiones. Intenta mirar por encima de los dos hombros que tiene delante al hombre que está siendo atendido. Sólo alcanza a ver la gorra, con la insignia del ministerio, del funcionario al otro lado de la ventanilla.

En verdad, señor, ¿hace diferencia imprimir a una o dos caras?

Mire usted con sus propios ojos. ¿Qué pone aquí?

Disculpe, ¿me guarda el sitio?, pregunta el hombre que Gregor tiene delante. Se le nota nervioso. Necesito ir al baño. Gregor vacila. Considera arriesgado irse, cuando el turno está a punto de llegarle, pero piensa que no es asunto suyo y contesta que sí con la cabeza.

Lo siento, señor, se oye al funcionario sin ninguna concesión en el tono, la norma es clara y si no respetáramos la norma… El siguiente, dice alzando la voz.

El hombre se resiste a abandonar. Habla atropelladamente en una madeja de palabras donde sólo se distinguen tres por-favores y dos hágase-cargos. Los guardias se llevan a la fuerza un bulto negro que mueve inútilmente piernas y brazos. El siguiente, se oye con tono de urgencia. Gregor mira hacia la puerta del baño. Delante de él la espalda del hombre, también de negro, que está siendo atendido. Siente que las manos le sudan. Revisa la carpeta que trae con sus papeles y comprueba que se ha ablandado por el lomo, así que se la cambia de mano. Mira de nuevo hacia la puerta del baño.

No lo entiendo, escucha decir al hombre.

La norma dice: todas las páginas firmadas.

Pero la última está en blanco.

¿Entiende usted la palabra "todas"?

¿Qué sentido tiene la página en blanco?

Gregor vuelve a mirar hacia la puerta del baño. Sigue cerrada. El hombre que está siendo atendido implora, un guardia se acerca y se sitúa detrás de él. Suena un crujido, Gregor mira hacia abajo, el guardia levanta el pie y comprueba. Un insecto repugnante queda aplastado contra el suelo. Gregor mira de nuevo hacia la puerta del baño. Está abierta. Hay una carpeta amarilla tirada en el suelo.

Lia Villava, Premio Sasil de poesía 2025

A pesar de que Lia Villava no es parte del Taller de Malix Editores, quiero compartir su poema en homenaje a nuestra maestra Alicia Ferreira...